SEGUIDORES DEL AVERNO

19 de febrero de 2016

MI ZAFIRO



El sueño estaba compuesto como una torre formada
por capas sin fin que se alzaran y se perdieran en el infinito,
o bajaran en círculos perdiéndose en las entrañas de la tierra.

Anaïs Nin, Winter of Artifice. A mi hermana Carla Jimena.


 Mi Zafiro. De todas las joyas, ella es la más hermosa. Recuerdo el día de su nacimiento, fue un trece de agosto del ochenta y nueve, hacía frío. Yo tenía doce años. Esa noche con Valeria estuvimos solos en nuestra casa mirando las noticias, pasaban la biografía sobre un hombre de exuberante patilla (imitación de caudillo) y que era el nuevo presidente de los argentinos: me fui a dormir mientras Valeria cenaba el guiso cocinado por mi viejo antes de irse al hospital. Al día siguiente, mis padres llegaron con la niña recién nacida, era tierna la guacha, tenía un brillo de ángel haciendo terso su capricho, un carácter adamantino donde sólo ella se daba citas precisas llorando por la teta de su madre.
La vida era tosca a finales de los ochenta, había que laburar de sol a sol para traer el plato de comida a la casa, entonces mi madre me dejó a cargo de Zafiro hasta que ella – sucesivamente todos los días – volviera del trabajo; terminé la primaria y no anhelé empezar la secundaria porque aborrecía estudiar, nunca me dejé compeler por esa usura. Yo, le cambiaba los pañales a Zafiro con sus materias dolorosamente putrefactas, la bañaba en un fuentón verde, la vestía, le calentaba la leche para que luego no la tomara, cuando le daba unas palmaditas en la espalda me vomitaba el cuello: mocosa irreverente.
Pasaron los primeros años y todos estábamos atentos y embelesados con Zafiro, esperábamos a que emitiera su primera palabra. La niña se babeaba y golpeaba la barandilla del andador, ya caminaba pero no con total equilibrio.
– Silencio – dijo mi madre –, estaba por decir algo.
Me acerqué hasta Zafiro execrando palabras de pájaro invertebrado: no dijo nada, fue la imaginación de la vieja. Valeria se fue a la piecita a estudiar para rendir el examen de Lengua al día siguiente, mi madre había empezado a cocinar el almuerzo y yo me fui a sentar en uno de los umbrales de tanta casa precaria. El ocio y la costumbre (pensé) son una especie de orden cerrado aunque no quería decírselo a mi madre. En un momento, sentí el golpe de una pelota en mi cabeza, me di vuelta insultando al céfiro que franqueaba vagamente por la casa y entreví que se trataba de Zafiro, se reía a más no poder la guacha, la alcé entre mis brazos haciéndole cosquillas y de pronto Zafiro gritó: “¡Nano!” Mi ignorancia adolescente me llevó a preguntarme qué mierda quiso decirme con “Nano”; mi madre y Valeria la habían escuchado.
– Hermano; te gritó la nena – me dijo mi madre. Ella comprendía el lenguaje de la niña.
Murieron todos de envidia, soy la primera palabra de Zafiro. Entonces pasaron los años y Zafiro terminó la secundaria; mi padre abandonó la familia – fácil empresa –, era sencillo conjeturar que él no asomaría su nariz de tanta soberbia, el viejo se fue a vivir con mi abuela (tiempo después mi abuela murió). El viejo tuvo que sacrificar la mitad de su jubilación y alquilar un departamento; luego de lo acaecido, le agarró lo pendejo repentinamente y componía temas country y otras perplejidades con una guitarra criolla que servía más como florero de cementerio que para usarla como instrumento. Zafiro, posteriormente entre idas y venidas, entre lunas y lunas, la constelación del León brilló en sus ojos: recibió felizmente el título de Abogada en la Facultad de Derecho de Buenos Aires.
Éramos diferentes. Nuestra sangre, aunque la misma, nada tenía que ver el uno con el otro. Ella, una mujer hecha y derecha y yo un vago consciente junto a la perennidad del universo, un poeta forjado secretamente en un vientre. “Puta che, cómo pasaron los años”, me reproché un trece de agosto del 2015. Zafiro, aunque deba soportarle su carácter adamantino y su vileza de cotorra perdida en algún bioparque, es la maestra en mis pasos de papel, amor que demanda nuestro libre albedrío sobre un día estival y en un rincón mirando hacia el poniente sin mirarlo, pero, tan perfecta es ella; mi Zafiro, única y eterna.         

(Ariel Van de Linde)

No hay comentarios:

Publicar un comentario